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Con este post comienzo una nueva serie de artículos que iré intercalando entre aquellos más técnicos en los que os contaré experiencias que me han ocurrido tanto en mi etapa en Agencias de Comunicación como en Departamentos de Marketing. Los iré acumulando en la nueva pestañita que tenéis arriba en la barra de navegación. Ya veréis como algunas anécdotas no tienen desperdicio.

No intento enseñar nada ni que saquéis ninguna conclusión, sólo que paséis un buen rato. ¡Ah! Por cierto, queda abierta la posibilidad de narrar vuestras propias vivencias. Mandadme un email o contactad conmigo de la manera que queráis (blog, redes sociales, en los comentarios…) y me la contáis o directamente escribís el post como autor invitado.

Vamos con la primera, en la que pasé muuuucha vergüenza.

Cuando terminé la carrera de Publicidad y RR.PP. encontré trabajo en una agencia de comunicación. Esta agencia llevaba un proyecto para Cajamadrid (Ahora Bankia) que consistía en la organización del concurso nacional de debates entre chavales de instituto, llamado Foroidea. Yo era el responsable del mismo en Castilla la Mancha y Andalucía. El proyecto buscaba generar presencia de la Obra Social de la caja en los medios de comunicación y mejorar sus relaciones institucionales en todo el país.

hombre durmiendo

Foroidea tenía una gran aceptación entre los representantes de los diferentes partidos de todas aquellas provincias en las que estaba presente por dos razones:

– A toooodos los políticos les gusta mantener buenas relaciones con las cajas de ahorros.

– Los temas que trataba el concurso de debate estaban muy de actualidad y planteaban problemáticas que importaban a la gente como por ejemplo”el desarrollo económico vs la sostenibilidad” o “el euro y su aportación o no al bienestar social”. El formar parte de un evento de debate sobre estos temas rodeados además de gente joven potenciaba la marca personal de los políticos.

Y aquí viene la anécdota. Situaros: una capital del sur de España, final provincial entre dos institutos de la ciudad, un día maravilloso de finales de enero, 4 de la tarde. Hace aparición el señor alcalde junto a otros miembros de su partido. Va rodeado de periodistas para inmortalizar su presencia en un evento que aparecía siempre en los medios locales. Toma asiento en las primeras filas y yo me sitúo a su derecha como responsable de la organización del evento.

A ver, no nos vamos a engañar, los temas eran de máxima actualidad, pero en ocasiones las exposiciones de los estudiantes, llenas de datos, con un lenguaje muy técnico y un tono de voz monótono hacían que el evento resultase aburridete. Y claro, al ser el evento a las 4 de la tarde, recién comidos, con un sol que calentaba la sala y el coñazo que estábamos escuchando… pues que al señor alcalde le entró la modorra y se fue quedando dormidito, dormidito hasta apoyar su cabeza en mi hombro y quedarse frito del todo.

Los periodistas, que hasta ese momento habían estado filmando y fotografiando el debate, se dieron cuenta de la situación y empezaron a mirarse entre ellos asombrados…

sorpresa

Empezaron a girar sus cámaras tanto de televisión como fotográficas hacia nuestra posición. Yo, que ya veía venir las malas ideas a esos cabroncetes, empecé a gritarles en silencio para no despertar al corregidor de esta manera…

no

Y claro, ellos como buenos periodistas me hicieron saber que no podían perder esa oportunidad con un gesto al unísono así…

asintiendo con la cabeza

Pero es que el hombre estaría cansadísimo, porque la teniente de alcalde, observando la situación, no conseguía despertarlo ni a hostias para avisar de lo que sucedía. Terminando de joder la situación, el jefe de prensa de mi agencia, de alias Juanovi, me miraba y no podía parar de reírse… y claro, con los nervios me contagió la risa. En ese momento empezaron a verse encendidas las luces rojas y los flashes de las cámaras: yo descojonado y el alcalde sobado en mi hombro. 

El caso es que conseguimos que se despertara, hizo el discurso final de la entrega de premios y nos fuimos al hotel. Yo ya veía el final de mi breve carrera: al día siguiente íbamos a aparecer en los periódicos locales en esa pose tan surrealista y desde luego no le iba a hacer gracia ni a Cajamadrid ni a mi agencia, y muchísimo menos al señor alcalde. Pasé una noche terrible esperando que abrieran los quioscos de prensa para ver qué se publicaba.

Gracias doy a que finalmente en ningún sitio salió esa escena, ni en televisiones locales ni en periódicos y pude seguir unos años más en el mundo de la comunicación. A nadie le interesaba aquel espectáculo, nadie se quiere pelear con un partido político o una caja de ahorros por una cosa así. Tuve suerte.

La moraleja es que cuando organizas eventos, del tipo que sean, piensa que cualquier cosa te puede suceder y estate preparado para lo más raro que se te pase por la cabeza. Tienes que estar alerta siempre.

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